Por muy acostumbrados que estemos a ver las lapas pegadas a las piedras en nuestras costas, estos animales son un verdadero artículo de lujo gastronómico en otros lugares. Sin ir más lejos, en 2007 durante una temporada que pasé en las Azores comprobé de primera mano que las piedras estaban peladas. Además, en más de una ocasión en la Isla de Pico yendo por la carretera me encontré a la policía parando coches para revisarlos en busca de lapas, como si fueran percebes en Galicia.

Aprovechando la visita de mis primos que vinieron a conocer la Isla de San Miguel, paramos en un bar en el pueblo de Mosteiros, en la punta oeste de la Isla, y tomamos una ración de lapas. Las hacen a la plancha con mantequilla, zumo de limón, ajo y sal (estilo de Azores) y no son muy baratas. Se ponen boca arriba en la plancha, y cuando empiezan a soltarse de la concha, ya van estando.

De sabor no estaban mal, pero bueno, tampoco son centolla. Con la variedad de mariscos de Galicia, me parece normal que aún no se exploten por aquí. Los mejillones a mi particularmente me gustan más. El caso es que la tradición de comer lapas en Azores y en otros sitios como en Canarias, las está poniendo en peligro de desaparecer para siempre.

Y otra cosa que llama la atención, es que las pocas que hay son muy pequeñas. Es decir, que si ven lo que hay por aquí caen para atrás. El animal más parecido que comemos por aquí es la peneira o oreja de mar, aunque cada vez hay menos. Pero el sabor sería bastante parecido al de la lapa. Para acompañar, una cerveza portuguesa suave estilo Sagres o Super Bock le va al pelo.

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